lunes, 15 de junio de 2015

ABUELAS 4X4

LA SOLIDARIDAD EN LOS LINAJES FEMENINOS
Anna Freixas


A partir de los años 90 se ha producido un aumento espectacular en el número de abuelas que cuidan de sus nietas y nietos, como consecuencia de los numerosos cambios sociales y económicos de nuestra economía de mercado. Diversos factores interrelacionados han contribuido a la redefinición de la familia y con ello a la transformación del papel de las abuelas. El aumento de la esperanza de vida que les permite ser abuelas durante mucho más tiempo y cada vez en mejores condiciones físicas y mentales, junto con otros cambios socioculturales, les han otorgado, pues, un papel inesperado y frecuentemente no deseado. La incorporación de las mujeres al mercado laboral, la alteración en el ritmo de la maternidad, la monomarentalidad, el divorcio, el embarazo adolescente y las situaciones sociales que se derivan de algunas patologías mentales, de las adicciones y de los problemas con la justicia por parte de algunos progenitores, entre otros, han sacado a la palestra a las abuelas y han transformado lo que era un estar en el mundo esperable y predecible en un reto de supervivencia.
La implicación de estas abuelas varía en función del cuidado que la situación requiere y con ello las consecuencias sobre su salud y su vida. De los muchos posibles casos quiero centrarme en aquel que tiene su origen en la relación madre/hija, en el deseo por parte de las madres de que las hijas dispongan de una libertad y una independencia económica y de tiempo de la que ellas no dispusieron y que se concreta en un apoyo para la consecución de una vida diferente por parte de las hijas. Actualmente, un número importante de parejas jóvenes, en las que ambos miembros trabajan de forma remunerada fuera de casa, tiene la retaguardia doméstica y familiar cubierta por el trabajo gratuito y esmerado de una madre. Parejas que tienen una o dos criaturas pequeñas a las que alguien tiene que cuidar, llevar y traer de la escuela, bañar, dar de comer y cenar, etc. Y ¿quién mejor que la abuela?, ¿quién con más cariño, atención, buena voluntad y menor gasto y despilfarro? Nadie como ella. Este argumento, que ensalza el papel de la maternidad, supone un paliativo al sentimiento de culpa internalizado por muchas madres jóvenes, quienes gracias a este tipo de arreglo familiar pueden salir a trabajar con la tranquilidad de que, aunque ellas no estén, nada cambia demasiado. Se trata, pues, de un pacto de solidaridad intergeneracional, dentro del linaje femenino, gracias al cual se permite a la hija llegar a ser una mujer distinta, alcanzar una aspiración de independencia a la que las mayores no pudieron acceder.
Esta es una realidad que parece que empieza a hacerse visible, aunque hasta ahora ha permanecido oculta por los usos y costumbres de una sociedad que ignora la vida real de las personas mayores y otorga carta de naturaleza a formas de organización y relación que en psicogerontología pueden entenderse como simple mal trato.
Ciertamente, no parece que la vida de la gente mayor inquiete a nadie en demasía. Sin embargo, desde diferentes ámbitos empiezan a oírse voces que llaman la atención sobre lo que se ha definido recientemente como ‘la abuela esclava’, que no es otra que esa mujer que con su trabajo, tiempo y salud está situando a sus hijas e hijos en el centro de la sociedad de consumo.
Una auténtica abuela 4x4 es una mujer mayor que acude puntual y sistemáticamente a otra casa con tiempo suficiente para que su hija o hijo llegue a tiempo al trabajo (para lo que se da un auténtico madrugón). Una abuela que lo hace de buen grado, esforzándose para que todo se haga al gusto de su hija o hijo, con los consiguientes sentimientos de inadecuación, de inseguridad que ello conlleva. Pero eso no es todo. Estas abuelas cuidan de las criaturas y, mientras tanto, realizan innumerables tareas domésticas ‘ya que’ están en la casa. ¿Cómo van a estar ‘mano sobre mano’, ellas que nunca han sabido descansar, vivir ociosamente, estar simplemente sin hacer nada?
Enredadas en la tela de araña del cuidado, estas mujeres previa o simultáneamente han atendido a sus propias madres y padres; algunas también ¡cielos! a sus suegras y suegros; por supuesto a sus maridos, hijas e hijos y ahora, por qué no, a sus nietas y nietos. Ser abuela 4x4 tiene, además, diversos precios. El precio de la salud física y de la salud psicológica. Estas mujeres no tienen en casa otra ‘ama de casa’ que cuide de ellas, que les resuelva sus asuntos. No. Cuando vuelven a su hogar se encuentran con todo por hacer y con las demandas materiales y emocionales de quienes siempre han dependido de ellas. Así que sufren una doble jornada no reconocida y sin ninguna remuneración.
Madrugan, se cansan, cargan con criaturas cuyo peso supera en mucho las posibilidades de resistencia de sus huesos. No descansa ni su cuerpo ni su mente. Carecen de tiempo propio, y en el momento, además, en que parecía que iban a poder dedicar algo a esas asignaturas pendientes que no pudieron llevar a cabo en su juventud. Y se ven privadas de la posibilidad de insertarse como ciudadanas de pleno derecho en una comunidad a la que pueden ofrecer sus saberes, habilidades y estrategias.
El sufrimiento de estas abuelas no está descrito aún como un síndrome reconocido, pero no habrá que esperar mucho tiempo, porque ya en nuestro país empiezan a alzarse voces entre la clase médica que denuncian las duras condiciones de vida de estas mujeres y las consecuencias sobre su salud física y psíquica. Los escasos trabajos llevados a cabo en este ámbito constatan que los problemas de salud se relacionan con el estrés que ocasiona el cuidado, siendo las dolencias más frecuentes los problemas relacionados con el corazón, el insomnio y la hipertensión, produciéndose también un empeoramiento de patologías ya existentes como la diabetes o los trastornos digestivos. Pero probablemente el talón de Aquiles de su salud es su amenazado equilibrio psicológico: hay que aparentar que no pasa nada, que se está bien de salud, que se hace a gusto y por gusto, demasiadas renuncias y costos no anotados, que se cobran en forma de depresión larvada o ansiedad, que son las patologías más frecuentes.
En el terreno de la salud también es verdad que algunas abuelas cuando se encuentran en esta situación empiezan a tomar decisiones de salud positiva largamente postergadas, como dejar de fumar, hacer las comidas y el ejercicio de forma más regular que antes, todo ello con la intención de tener salud para poder ‘estar ahí’. Por otra parte, la mayor actividad física derivada de las tareas de cuidado permite a algunas abuelas perder peso, y también el contacto con la gente más joven proporciona beneficios psicológicos a aquellas abuelas que carecen de una red de apoyo fuerte. Estos posibles beneficios, sin embargo, son claramente colaterales al conflicto interno con que se enfrentan normalmente estas mujeres que carecen de argumentos morales para oponerse a la demanda de una hija o de un hijo, por lo que llegan incluso a buscar la complicidad de su médica: ‘Dígale a mi hija que yo estoy muy mala y que no puedo cuidar a su hijo’.
Además, todo se realiza gratis. Cierto es que en nuestra sociedad no disponemos de escuela gratuita para las criaturas de entre 0-3 años. Sin embargo, esto no parece base de justificación suficiente para que sean las abuelas quienes sustituyan al Estado, engrosando, además, la cuenta o el capital de su hijo o hija, embarcada en diversos créditos, derivados de la compra del piso, del coche e incluso de la parcela. Comprendo que plantear que este trabajo debe ser clara e inexcusablemente remunerado puede resultar impensable para muchas personas. Empezando porque a las hijas e hijos, acostumbrados a que la madre lo haga todo gratia et amore, les puede parecer poco elegante plantear una relación económica con ella, prefiriendo entrar en la dinámica de la explotación habitual y socialmente aceptada, sin considerar las ventajas que obtienen y el coste que supone para la abuela.
Resulta, de todas maneras, bastante escandaloso que este cúmulo de servicios y de bienestar que se proporciona se produzca sin mediar un pago. Reclamación que difícilmente provendrá de las propias abuelas, pero que debería ser planteada desde un principio por las hijas e hijos, beneficiarios de este trabajo que posee todas las ventajas, en la medida en que se conocen los usos y costumbres y es realizado con amor y sin mirar el reloj. Un chollo, ciertamente. ¿Quién no desea que alguien le ofrezca en el mismo lote cariño, dedicación, sabiduría, trabajo bien hecho, cuidado y ahorro? A esta peña de trabajadoras anónimas y esforzadas se le une, en algunos casos, unos pocos abuelos cuyos aportes, también gratuitos y afanosos, suelen ser algo más reconocidos, en la medida en que su carácter de excepcionalidad los hace más visibles.
Pero no toda la responsabilidad queda del lado de la hija o el hijo. Ellas, las abuelas, tienen su honor. Un honor que, en realidad, proviene de una socialización implacable que las ha convencido de que cuidar de sus nietas y/o nietos es su deber e incluso su deseo, con los consiguientes sentimientos de culpa y, sobre todo, con la incapacidad moral de negarse a hacerlo. Porque, si ella puede colaborar con su trabajo gratuito al bienestar físico y económico de su familia, ¿cómo no va a hacerlo? Los mandatos culturales que han socializado a las mujeres como ‘seres para los otros’ no son fáciles de desmontar, sobre todo en una sociedad en la que las madres deben sacrificarse en pos del bienestar de su hija o hijo. Así, no es difícil encontrar el modelo de abuela que pregona ‘con orgullo’ su condición de cuidadora eficaz y perfecta de la prole de su hijo o hija. Probablemente se trata de una generación de mujeres ‘en extinción’, en la medida en que las generaciones venideras, herederas del feminismo, beneficiarias de una socialización menos constrictiva y, además, jubiladas con pensión, seguramente se muestren menos propensas a ello. Sin embargo, hoy por hoy, esta es una realidad social que conviene hacer visible, para poder transformarla e iniciar una negociación en la que se reconozca el valor económico y emocional de un trabajo agotador, indispensable y sabio.
Aunque también podemos ya encontrar mujeres que han empezado a desvelar la trampa del amor materno y han apostado por vivir su vida de mayores en relación con su comunidad, creando vínculos de amistad y participando de forma activa en la vida cultural y social. Hay que apoyarlas en su camino hacia la ciudadanía. No más esposas, madres, abuelas. No más ‘seres para los otros’, sino ciudadanas, vecinas, amigas, espectadoras y actoras para sí mismas.


Anna Freixas 
Psicóloga

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